Hace tiempo que hemos asumido en la modernidad de nuestros días
que los cambios van en aumento, y la velocidad a la que ocurren también se ha acelerado.
Por supuesto, confirmo esto en mi propia vida.
También veo que para mí es cada vez más necesario reservar momentos
para reencontrarme con el ritmo natural de la vida,
el ritmo sabio y verdadero...
...el ritmo de la Naturaleza.
¿Alguien diría que ahí se vive con sensación de vértigo por los cambios?
¿Cómo es que la naturaleza sigue transitando sus propios cambios al mismo ritmo de siempre?
Está claro que cuando salimos de nuestro día a día,
de la locura de las actividades a las que nos comprometemos de la mañana a la noche,
todo se ralentiza.
Desde el momento de percibir la luz a primera hora de la mañana,
los sonidos llegan diferentes: se oyen los cantos de los pajarillos,
otros días tapados por el ruido de coches o autobuses.
Nos podemos detener a llenar nuestros sentidos:
con el aroma de una flor de nuestra mesilla de noche,
con el desayuno, hoy acompañado de nuestra presencia,
sin el reloj,
sin importar con qué llenar las horas del día...
Con una deliciosa vista
en la que apreciar un horizonte que separa arriba y abajo...
Podemos admirar la belleza efímera que tanto nos gustaría apresar y poseer,
para luego ignorar...
Y creo que, como decía en la entrada anterior,
es cuestión de vivir con conciencia,
en vez de vivir desde la inercia.
Por supuesto, en las conversaciones sociales y en la publicidad que nos entra por todos nuestros sentidos,
lo que prima hoy día es esa necesidad de imprimir velocidad a todo cuanto hacemos.
Yo me siento muchas veces más incluida en este mundo
cuando tengo la agenda sin un hueco...
pero, ¿cuál es el precio que pago?
¿Cómo termino al cabo de unas semanas?
Enferma.
Realmente enferma, en cuerpo y alma.
Cada poco tiempo he de hacer el esfuerzo de sentir la inercia
que me lleva a acumular experiencias que, por su rapidez, no puedo digerir.
Colocar en primer término el respeto por mi ritmo vital, y desde ahí,
priorizar y aprender a decir no
a aquellas acciones que son sólo tentaciones vacias.
Después de tanta reflexión filosófica, aunque muy real para mí,
la paz que voy encontrando me ha permitido crear
lo que a continuación te muestro.
Hadas...
imposible trabajarlas con prisas o estrés...
Colores más bien veraniegos, un encargo que iba a la isla de Lanzarote.
Terminé el corro de niñas
trabajadas con colores naturales.
También, ahora que empezamos con las Primeras Comuniones,
podemos hacer regalos exclusivos, que no vamos a encontrar en los grandes almacenes, resultado de una producción masiva, impersonal, sin vida.
Ayer comencé un encargo
que a medio día tenía este aspecto
Y después de añadir color, quedó así:
Evidentemente, es para una abuelita que está feliz con su nieto.
El chal de ella y la ropita del niño es lana con tinte natural.
Me considero una partecita pequeña en este planeta
y siento a la vez cierta responsabilidad
conmigo misma y con quienes comparto este momento de la Historia.
Desde este rinconcito del mundo
ésta es la aportación que puedo hacer,
y que debo hacer.
Mis mejores deseos de paz en estos días.
Te dejo con este contraste de colores que observé una mañana
de esta semana pasada
mientras me reparaban el coche en el taller.
¡¡ Menos mal que a veces utilizamos los ojos para ver !!
Gracias por estar ahí.












