Estamos viviendo los días más largos del año.
La luz del sol nos acompaña, perseverante.
El verano es la estación de la luz.
Vivaldi lo plasmó en su música, que te invito a ir escuchando.
Vivaldi lo plasmó en su música, que te invito a ir escuchando.
Si la característica del invierno fue el recogimiento, la introspección,
el gesto del verano, de la luz, es la dispersión, la expansión.
Es una invitación tentadora a salir afuera,
a nutrirnos con la energía y el calor del sol;
todos nuestros sentidos están despiertos,
y no hay remedio a sucumbir ante este hechizo.
Si nos paramos a observar lo que ocurre en la naturaleza,
podemos entender este proceso y fundirnos con ella.
Las fuerzas que estuvieron recogidas en invierno
en el interior del manto terrestre
ahora se unen como en una danza
a la brisa,
al revolotear de las mariposas entre las flores,
al suave cantar de las aves.
Incluso en la noche, en la oscuridad,
el sonido de los grillos mece nuestros sueños.
Nuestros sentidos no descansan.
Y es la luz del sol la que permite que toda la riqueza de la tierra
se transforme en sustancias que los humanos ingerimos
para vivir.
"La vida es luz transformada".
(De Roberto Crottogini, en La Tierra como escuela)
No hay más que mirar los huertos
en esta época del año:
es el momento de mayor variedad,
de mayor colorido...
Los de hoja verde, los tomates, calabacines y berenjenas...
Los árboles también, generosos, nos regalan sus frutos:
ya consumimos las deliciosas cerezas de la temporada,
los ricos nísperos,
y ahora melocotones, ciruelas,
nos refrescan del calor.
Es una bendición poder recoger lo que se plantó en su día,
y que con paciencia hemos visto crecer y madurar.
El eterno proceso de la vida, repetido otro año más.
Y como bendición en nuestras mesas:
"Tierra, estos frutos tú nos has dado;
Sol, esto tu luz ha madurado;
Sol y Tierra bienamados,
nunca seréis olvidados."
¡¡Feliz verano!!
Y a ti, gracias por seguir ahí.





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